Una mujer, envuelta en un flotante vestido blanco y con el rostro cubierto con velo levísimo...
Cuenta la historia, que por aquellas viejas calles empedradas de la Guatemala de
Así,
antaño, Una mujer, envuelta en un flotante vestido blanco y con el
rostro cubierto con velo levísimo que revoleaba en torno suyo al fino
soplo del viento, cruzaba con lentitud parsimoniosa por varias calles y
plazas de la ciudad, unas noches por unas, y otras, por distintas;
alzaba los brazos con desesperada angustia, los retorcía en el aire y
lanzaba aquel trémulo grito que metía pavuras en todos los pechos. Ese
tristísimo ¡ay! mis hijos...
Levantábase ondulante y clamoroso en el silencio de la noche, y luego
que se desvanecía con su cohorte de ecos lejanos, se volvían a alzar
los gemidos en la quietud nocturna, y eran tales que desalentaban
cualquier osadía.
por una calle y luego por otra, rodeaba las plazas y plazuelas,
explayando el raudal de sus gemidos; y, al final, iba a rematar con el
grito más doliente, más cargado de aflicción, en la Plaza Mayor, toda
en quietud y en sombras. Allí se arrodillaba esa mujer misteriosa,
vuelta hacia el oriente; inclinábase como besando el suelo y lloraba
con grandes ansias, poniendo su ignorado dolor en un alarido largo y
penetrante; después se iba ya en silencio, despaciosamente, hasta que
llegaba al lago, y en sus orillas se perdía; deshacíase en el aire como
una vaga niebla, o se sumergía en las aguas (…) No sólo por la ciudad
de Santiago de los Caballeros andaba esta mujer extraña, sino que se la
veía en varias ciudades de la Gutamela de antaño.
